Las formas heredadas
En nuestro decir cotidiano referimos al sentido de una experiencia apuntando a su
utilidad, a lo que puede generarse como producto de ella. Esto es lo que heredamos de nuestra historia familiar y social:
nuestros padres y abuelos enfocaron el sentido de sus vidas en la utilidad de sus actos y
en el poder que lograban sobre las cosas y las personas. Desde esta perspectiva
somos personas en tanto logramos ser útiles y poderosos. No importa la calidad
de nuestra vida, sino cuánto producimos y cuánto tenemos.
A esta cosmovisión heredada la denomino “sentido
utilitario-productivista”. Propone una manera de ser y estar en la vida, que aún es
hegemónica en nosotros, pero que se organizó a partir de un estado de
cosas muy diferente al actual. Su espíritu se alimentaba del estado de necesidad y
carencia en que se encontraba la humanidad occidental a de fines de la Edad
Media, una situación que generó la lógica del “progreso” y forjó una manera
de vivir que transformó la conocida hasta entonces. El espectacular desarrollo
de la capacidad productiva conquistado en los últimos siglos transformó las
condiciones y abrió nuevas posibilidades. Hoy necesitamos autorizarnos a
cambiar la manera de ser y vivir basada en este paradigma, porque ya no sintoniza
con el estado del mundo.
Es fundamental tomar conciencia de que nuestra lógica espontánea y el
“sentido común” que guía nuestras elecciones aún están fundados en la concepción
del mundo y de la vida propia del productivismo. Sin embargo en la actualidad los
sentimientos, deseos e intensidades de muchos de nosotros ya no se alinean con
esa manera de sentir y querer, aunque todavía actuemos a partir de ella. Este desfasaje da
lugar a una sensación de pérdida de sentido: ésta es la principal causa de la
crisis de valores, de las costumbres y de las instituciones en que nos
encontramos. El sentido productivista está afincado en el corazón de nuestro “piloto
automático” y da forma a nuestras acciones cotidianas. Si en verdad queremos
cambiar de dirección, tendremos que resignificar el
sentido que orienta nuestra manera de ser y de accionar.

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