miércoles, 13 de noviembre de 2013

Las formas  heredadas 
En nuestro decir cotidiano referimos al sentido de una experiencia apuntando a su utilidad, a lo que puede generarse como producto de ella. Esto es lo que  heredamos de nuestra historia familiar y social: nuestros padres y abuelos enfocaron  el sentido de sus vidas en la utilidad de sus actos y en el poder que lograban sobre las cosas y las personas. Desde esta perspectiva somos personas en tanto logramos ser útiles y poderosos. No importa la calidad de nuestra vida, sino cuánto producimos y cuánto tenemos.
A esta cosmovisión heredada la  denomino “sentido utilitario-productivista”. Propone una  manera de ser y estar en la vida, que aún es hegemónica en nosotros, pero que se organizó a partir de un estado de cosas muy diferente al actual. Su espíritu se alimentaba del estado de necesidad y carencia en que se encontraba la humanidad occidental a de fines de la Edad Media, una situación que generó la lógica del “progreso” y  forjó una manera de vivir que transformó la conocida hasta entonces. El espectacular desarrollo de la capacidad productiva conquistado en los últimos siglos transformó las condiciones y abrió nuevas posibilidades. Hoy necesitamos autorizarnos a cambiar la manera de ser y  vivir basada en este paradigma, porque  ya no sintoniza con el estado  del mundo.
  


Es fundamental tomar conciencia de que nuestra lógica espontánea y el “sentido común” que guía nuestras elecciones aún están fundados en la concepción del mundo y de la vida propia del productivismo. Sin embargo en la actualidad  los sentimientos, deseos e intensidades de muchos de nosotros ya no se alinean con esa manera de sentir y querer, aunque todavía actuemos a partir de ella. Este desfasaje da lugar a una sensación de pérdida de sentido: ésta es la principal causa de la crisis de valores, de las costumbres y de las instituciones en que nos encontramos. El sentido productivista está afincado en el corazón de  nuestro “piloto automático” y da forma a nuestras acciones cotidianas. Si en verdad queremos cambiar de dirección, tendremos que  resignificar el sentido  que orienta nuestra manera de ser y de accionar.

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